miércoles, 2 de septiembre de 2009

La Misa dicha en latín



Cambiar de lengua es cambiar de país.
El hecho que en el templo se emplee una lengua distinta de la que empleamos en nuestra vida
cotidiana, debe hacernos comprender que cuando entramos en el templo entramos en otra patria.
Dejamos la “ciudad terrestre” para entrar en el cielo que es nuestra verdadera patria. La liturgia
terrestre es una anticipación o una imagen de la liturgia celeste.
Cambiar de lengua es un signo que nos recuerda que al entrar en la iglesia hemos de abandonar
nuestros pensamientos mundanos, nuestros intereses terrestres. En una palabra: hemos de
cambiar de patria.
Además, el latín es una lengua sagrada.


Las cosas sagradas son aquellas cosas que han sido “separadas”, “puestas a parte” y destinadas al
servicio y culto de Dios.
El latín cumple perfectamente la función de lengua sagrada, excluida del uso cotidiano y
empleada casi exclusivamente para alabar, bendecir y dar culto a Dios. Por ello el papa Pablo VI
decía con razón que el latín es una lengua angélica.
Es cierto que en nuestros días no faltan quienes nieguen la posibilidad misma de una lengua
sagrada, al reducir la utilidad del lenguaje a la comunicación interpersonal. Pero esta objeción se
inscribe en una crítica más general, que niega todo sentido dentro del cristianismo a la distinción
entre “sagrado” y “profano”. Aceptar dicho punto de vista equivale a oponer religión y
cristianismo como dos realidades opuestas, con la consiguiente reducción del cristianismo a una
dimensión terrestre y horizontal, sin apertura a la trascendencia.
En su constitución apostólica Veterum Sapientia el papa Juan XXIII expone muchas de las
cualidades y valores de la lengua latina. Dice el Pontífice que el latín es la lengua católica. En
efecto el latín es al mismo tiempo la lengua de todos los fieles en común y de ninguno en
particular. Por eso es la lengua de la Iglesia.
La Biblia nos enseña que la división de las lenguas fue la consecuencia del pecado de los
hombres. Usando un solo lenguaje universal y común, la liturgia cristiana prefigura y anuncia la
concordia y la unidad del género humano en la Jerusalén celestial.
Dice también Juan XXIII que el latín no es una lengua vulgar sino por el contrario una lengua
llena de nobleza y majestad.
Y ello en primer lugar porque el genio humano la ha ennoblecido con su sello usándola como
instrumento en la producción de obras maestras de la literatura universal, patrimonio cultural de
toda la humanidad.
Además de ello el latín es una lengua concisa que, debido a su construcción gramatical, cincela el
lenguaje otorgándole una cadencia y un vigor inigualables. El latín es una lengua de frases
lapidarias
Por último, con el uso del latín la Iglesia proclama su romanidad. La lengua que nació y se
desarrolló en la región del Latium, cuya capital es Roma, manifiesta que la Iglesia universal es
romana, fundada sobre Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma.
Universalidad, unidad, sacralidad, cultura, romanizad… He aquí algunos de los preciosos valores
que nos transmite el latín. Esta lengua augusta no merece hallarse hoy en día en el banquillo de
los acusados. Y mucho menos que sus acusadores sean los católicos, para quienes ha sido y es la
lengua.


*


A pesar de que en nuestros días sea lícito y legítimo celebrar la misa en lengua vulgar, no se han de olvidar las intervenciones del Magisterio:
Por ejemplo:, Concilio de Trento (sesion XXII, can. 9): “Si alguno dijere (...) que sólo debe celebrarse la Misa en lengua vulgar (...), sea anatema”.
El Papa Pío VI en la bula “Auctorem fidei ” :
“La proposición que afirma que sería contra la práctica apostólica y los consejos de Dios, si no se le procuraran al pueblo modos más fáciles de unir su voz a la voz de toda la Iglesia entendida de la introducción de la lengua vulgar en las preces litúrgicas, es falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito para la celebración de los misterios y fácilmente causante de mayores males”.

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